La perfecta imperfección

lunes, 11 de marzo de 2013

_360º_ (Parte 1)


Aquel día me levanté como tantos otros con media cara pegada a la almohada. No pensé en nada, solo en todo el largo día que de nuevo quedaba por delante. Es triste despertarse sin pensar en la cantidad de sueños que has tenido, o en la luz que penetra por la ventana. Sencillamente, te despiertas. Otro día más.
Me puse boca arriba y miré al techo.  Parecía distinto, más bajo quizás o más amarillo. Aun cuando llevaba allí ya dos años viviendo, era la primera vez que lo miraba realmente.
Reflexioné un poco en aquella idea que se había plantado en mi cerebro y había brotado como un virus. A veces se iba, y otras se instalaba en mis pensamientos con firmeza, sin dejar cabida a otra forma de escape. Sabía que era egoísta por tener aquello en la cabeza, pero no podía evitarlo.
Solo pensaba en el suicidio.


Cerré los ojos y los dejé así, descansando. Posponiendo el tener que decir “Buenos días” a un día no tan bueno.
Me daba miedo la idea, por el dolor y por lo que vendría después. No por mí, sino por ellos. Esa era la razón de que aún no lo hubiera hecho. Y por el dolor a morir, repito, no saber qué se siente. Muchos dicen que la muerte puede o no ser dolorosa. Pero claro, ninguno que haya conseguido matarse está hoy aquí para contarlo y afirmarlo.
O no… Con las pastillas te quedas sopa, ves un largo pasillo con una luz al fondo y tú te quedas con cara de gilipollas mirándola. O eso dijo el primero, y los demás lo siguieron.
“Bienvenido al paraíso”, un cartel bien grande para decir que tu asquerosa vida en la tierra ha valido la pena. Enhorabuena.
Quizás el Cielo se presente, por primera vez, como un concurso en el cual has ganado el primer premio. Quizás te ves a un Carlos Sobera con un par de alitas azules a juego con su corbata. Quizás lo veas, incluso, soltando alguno de sus sarcasmos.
Aunque en mi caso, el Cielo queda muy lejos. Yo debería ir a parar al Infierno, aquel mundo sobrenatural lleno de seres increíblemente ardientes y cuya temperatura sobrepasa los 9999999999…º, cuyos ojos brillantes se meten dentro de ti y te poseen, y cuyas manos hacen no sé qué con también mucho fuego...  Sí, allí es a donde me dirigiría, dado que el suicidio es uno de los motivos por el cual no vas al Cielo. Vamos, que hasta la Biblia está en contra de aquella famosa frase que se les dice a los niños: “Lo importantes es participar”. No, lo importante es ganar. En realidad, a ninguno de nosotros nos preguntan al nacer si queremos vivir, directamente te ponen a jugar. Y luego, cuando ya te han jodido lo suficiente, te sueltan que, si te rindes, vas a un sitio lleno de fuego donde te calcinan los pies, las manos, la barriga…
 Eso me hace pensar en que la luz del pasillo que se supone que ves antes de morir, posiblemente no sea tan maravillosa. Quizás al otro lado me espere Satán con un látigo lleno de púas ardientes y un pequeño diablillo revoloteando cuan mariposa al viento.
 Puede ser, pero aquello sería suficiente para dar un giro de 360º a la monotonía de mi vida. De nuevo el Satán con cuernos de toro apareció en mi cabeza. Me reí, claro que me reí. Valla estampa, y yo ahí en mitad, mirándolo como un corderito mientras el puñetero diablillo me pincha con su minúsculo tridente.
Toda mi familia es cristiana, pero hay que admitir que la Santa Madre Iglesia y la Santísima Biblia tienen algunas lagunillas que resolver.
Abrí los ojos. Aquella inmunda idea que se había arraigado a mí como un tornillo, iba de nuevo tomando forma. Mis ojos dieron vueltas de un lado de la habitación al otro. Las paredes eran verdes, de un verde chillón que daña los ojos. Por un momento, eché las culpas de mi profunda depresión a aquellas paredes tan molestas.
De nuevo volví a la anterior idea. Quizás me estoy liando, o quizás te esté liando a ti, el que ahora mismo me está leyendo. Repito. De nuevo volví a la anterior idea: El creciente rechazo hacia el dolor. Bueno, el suicidio no tiene por qué ser doloroso…
Sin poderlo evitar, una pequeña chispa apareció en mis ojos. Pero tan rápido como apareció, se esfumó. Luego estaba esa otra parte… la familia.
La familia, cómo definirla. Allá voy. Es ese ápice de tu vida que, cuando llegas a tenerla, trastoca el sentido y la convencionalidad de todo lo que creías estable, y cuyas decisiones tomadas por “democracia”  siempre acaban en una dictadura. Quizás es pasarse, posiblemente lo sea. Pero entiéndeme, son las seis de la mañana, tengo que coger dos autobuses, caminar 25 minutos, y estar trabajando 8 horas sin recibir ni siquiera paga extra por navidad. Y cuando llegue a casa, o dulce hogar, tener al cónyuge con una cara de amargamiento que le llega hasta la suela de los zapatos. Y si tienes chiquillos, agárrate los machos, porque te espera una o dos horas diarias de peleas, broncas y desplantes. Pero oye, sonríe, que esta es la vida que tú querías. Una familia feliz.
 Y sin saber por qué, te ves pensando en por qué narices dejaste tu vida de soltería insaciable, por un trabajo que no era ni mucho menos lo que esperabas y por una esposa o un esposo que, aun cuando al principio estabais tan profundamente enamorados como aquella pareja etérea de novela que luchaba y podía contra viento y marea, está ahora tan amargado como tú, o más. Todavía la o lo amas, pero ya no sabes qué hacer para alegrarla. Y esto te amarga aún más a ti.
Bien, pues ¿te cuento un secreto?
Tu cónyuge ve lo mismo en ti. Llegas del trabajo con cara de  “o Dios, por qué me haces esto” o de “la felicidad es una leyenda urbana, jeje, en verdad son los padres”, y él piensa lo mismo que tú. No sé qué hacer para alegrarte. Pues bien, todo tiene que ver con los convencionalismos sociales. Es lo que todo hombre o mujer debe hacer: “Tienes que echar cabeza” “Tienes que buscar estabilidad” “Hay que madurar” “No te quejes que hay gente peor que tú” “debemos dar gracias por lo que tenemos”… 
La vida humana es la gran mentira del ser humano. Con lo bien que estábamos hace millones de años cubiertos de pieles y atizando una candela, sin pensar en llegar a fin de mes, sin tener que cagarte en la cantidad de gente que vive de nuestro esfuerzo, sin tener que preocuparse por esos dos insignificantes papeles escritos que representan más que diamante en bruto, sin tener que hablar de política, sin tener que estudiar años y años de carrera para acabar haciendo la cola del paro... y así podría tirarme la misma cantidad de años.
Un día de estos me hago hippy, cojo a mi pareja y nos fugamos de esta vida.
Que me gusta a mí soñar. Fugarse. Ojalá fuera tan fácil… Es por eso que pienso en el suicidio, porque la persona que yo pensaba que iba a ser se quedó sentada en su gran despacho de roble acompañada de la sonriente familia de mis sueños, con un pañuelo blanco en la mano diciéndome entre dientes, “Otro capullo que ha caído”.
Y de nuevo, vuelvo al suicidio. Sin darme cuenta, las lágrimas se resbalan por mis ojos.
No recuerdo cuándo comenzó todo aquello. Esa desazón que inunda mi pecho a la vez que a mis ojos. Quizás siempre ha estado ahí -hay personas que son más sensibles y otras que son más fuertes-. No me considero una persona débil, o eso quiero pensar. Pero sí debo de serlo, porque cada vez más me rindo con mayor facilidad ante los problemas.
Reflexionando sobre la proporción de dureza que albergan mis entrañas, topé con el otro lado de la cama. Era martes, lo que suponía que estaba solo en casa. Hoy sería el día idóneo para hacerlo.
Entorné los ojos, ¿de verdad tendría valor para hacerlo? ¿De verdad podría dejar de existir sin más? No es por ser pesado, pero nunca me creí lo del Cielo y el Infierno. Pero, sencillamente ¿dejar de existir? Vives y mueres. Y punto.
Por un momento me entró la curiosidad, y de nuevo esa idea volvió. De pronto me levanté, y esa frase que alienta al más mísero hombre sobre la tierra, que hace a los niños convertirse en héroes, apareció en mis labios “¿A que no tienes lo que hay que tener para hacerlo?” Bien, en realidad no dije “lo que hay que tener”. En realidad siempre se hace una mención estúpida al miembro masculino. Y con esto hago una alabanza, obviamente irónica, a todas esas frases hechas que aluden a este tipo de palabras. Siempre las odié…
Me levanté de la cama y, delante del espejo, escudriñé mi reflejo. Ese era yo. Una persona de lo más normal que no ha llegado nunca a hacer nada relevante en su vida.
Un resoplido que salió del alma inundó el silencio.
-Definitivamente no era lo que tenía en mente hace 20 años- A modo de respuesta, mi barriga, un tanto cervecera, gruñó haciéndome recordar que soy un mortal más sobre la Tierra.
Miré la fotografía colgada a un lado de la pared. Allí estábamos los dos mirándonos como embelesados. Recordé ese día, sus ojos de felicidad que me traspasaban, y su sonrisa. Hacía años que no la veía, y la echaba de menos. Quizás también estaba al borde de la desesperación como yo, quizás también buscaba un giro de 360º, quizás también pensaba en el suicidio.
Una vez intenté hablarlo y pedirle ayuda, pero ¿cómo le dices a alguien que hace mucho que no eres feliz? ¿Cómo le dices que te sientes solo? ¿Que ya no eres capaz de ver la balanza positiva? Y, por último, ¿Cómo le dices que preferirías no haber nacido?
Si de verdad la amas, y si de verdad es este el sentimiento que tienes, no eres capaz.
De nuevo, vuelvo a la fotografía. Tal vez sea cierto que también piensa en suicidarse de vez en cuando, para terminar con este bucle que se repite año tras año. Para dar ese giro que tanto  deseo yo. Y como un hielo tropecé con un nuevo concepto: Tampoco yo había conseguido hacerla feliz.
Aquella idea me sobrepasó.
Me senté en la cama y lloré. Nos queríamos comer el mundo y acabamos como todos los demás, jodidos. Así me quedé un buen rato, hasta que los ojos me escocían y la sensación de vacío se hacía más grande. Creo que aquí, justo aquí, es cuando el hombre deja la cordura y se une al centenar de locos que hay por el mundo. Y también, justo aquí, fue cuando tomé la decisión de suicidarme.

Perdición


Ella, tan pequeña, andando por ese pasillo largo y oscuro. Al fondo, una luz blanca se filtra por los resquicios de una puerta negra comida por el paso del tiempo y la humedad. Se dirige muy lentamente hacia ella, siguiendo los ruidos que la llaman hacia su interior.

                Se siente desorientada. Sabía que había cruzado ese mismo pasillo en dirección contraria, huyendo de la realidad que existía tras esa puerta. Una realidad que acababa de comprender. 

                Mientras camina, piensa en la primera vez que la había visto, en aquel domingo de hacía varios meses atrás. Tendría más o menos la edad de Natha, aunque su suerte era mucho peor. Su virginidad sería subastada al mejor postor, y tras ser desojada, acabaría como una más en el burdel. Otra propiedad más. 

                Natha entrecerró los ojos. Recordó leer su nombre en las listas  y haberla destinado a la habitación del fondo, junto con un cliente habitual del burdel de unos cincuenta y tantos años.

                Nadina Rouberoska, así se llamaba la nueva joven. Había sido vendida por una cifra bastante aceptable. La recordó antes de entrar en la habitación, con el pánico reflejado en sus grisáceos ojos; y después de aquella primera vez, desnuda y encorvada a un lado intentando sobrellevar el dolor de la primera penetración.

                Desde entonces, la había observado desde lejos, sin mediar palabra, comparando ambas vidas. Viendo en cada noche cómo su tez clara iba cayendo cada vez más en una piel transparente y sin vida. Cómo su pelo, liso y brillante, se hacía quebradizo en cada nudo.

                Al pasar por una de las ventanas del largo pasillo, Natha recordó la vez en que Nadina tomó demasiadas drogas. No fue un descuido, Natha sabía que había sido un intento desesperado. Pero para su pesar, el plan no funcionó y, aquella noche que debiera haber sido la última, la derribó a un sin fin de horas sometidas a todo tipo de brutalidades.

                De pronto, Natha se paralizó por la proximidad de la puerta, a tan sólo unos centímetros de su mano. Oyó de nuevo el bullicio en su interior. Ruidos de teléfonos, habladurías entre personas, coches policiales que se cuelan por el ventanal de la escalera, llantos, pasos, cuchicheos... Todo alrededor del cuerpo inerte que reposa en el suelo, todos alrededor de un aro de amargura.

                Antes de abrir la puerta, Natha recordó ese último aliento humano. Su aliento. Recordó su largo pelo rubio acariciándola. Recordó sus ojos desorbitados pidiendo un auxilio que tan solo llegaría por ella misma. Y recordó sus manos, esas que se entrelazaron en su cuello para sortear el último obstáculo entre la salida y el burdel, entre la libertad y el sometimiento, entre los dos mundos tan dispares que había conocido en tan corta edad.

                No necesitaba abrir la puerta para saber qué ocurría en la habitación. Ya lo había visto minutos antes, sin creerlo verdad y sin comprender su alcance.

                 Ese cuerpo inerte era el suyo. Se había visto fuera de él, rodeada por policías y, en una frenética carrera entre su consciencia y su realidad, había salido huyendo atemorizada por aquella idea. Estaba muerta.

                Natha alzó la vista al frente y, con un gran intento por controlar sus emociones, abrió la puerta. Mientras aquella luz, ahora más cálida y acogedora la inundaba, se dispuso a volver a su cuerpo, a dormir un sueño eterno del que no debería haber despertado.

El relojero


                La lista de aquel día estaba casi terminada, solo faltaban los tiempos en la sección D. Puesto que eran muy pocos los que aparecían en esta parte, el trabajo estaba casi concluido y sin ningún tipo de problema.
                Alonso cogió el último reloj destinado para la sección C. Estos relojes nunca podían volverse a usar, cada reloj pertenecía a un único preso. Los relojes de la sección A, en cambio, solían ser para personas que debían cumplir un plazo, ya sean multas, pagos de hipotecas, entregas de proyectos... Inofensivos.                Una vez, Alonso vio en las listas de la sección A a un vecino suyo que vivía a pocas manzanas de su casa. Alonso, como dicta el procedimiento, tuvo que poner su nombre en el reverso del reloj y programarlo para que sonara unos días después. Ese tiempo era el que disponía el individuo para pagar su deuda, sino, la multa sería cobrada a base de embargos en la cuenta. Este tipo de relojes se comercializaban bastante en el mercado, puesto que son idóneos para trabajos ajustados a límites de tiempos.                Los de la sección B eran ladrones, estafadores, violadores... Personas con faltas graves en la ley que debían pasar un periodo largo de tiempo en la cárcel. En estos casos, los relojes iban marcha atrás desde el día en que quedaban en libertad.                 Luego estaban los de la sección C. Alonso odiaba ajustar estos relojes. Le resultaba realmente costoso hacerlo. Estos podían sumar o restar tiempo a su dueño en función del comportamiento que este mostraba durante su encarcelamiento. De esta forma, un preso podía salir antes de la cárcel por una buena conducta, o quedarse permanentemente en ella.La fabricación de estos relojes supuso una mejora de la organización en este sector.
                Alonso había sido toda su vida relojero y, tras crearse este cómodo procedimiento, pensó que sería una buena forma de ganar dinero fácil y constante.                A la luz de su pequeña lámpara, Alonso comenzó a grabar el nombre de esa última persona de la sección C. Una tal Laura Veraz González, 36 años, condenada a tres años de cárcel por intento de homicidio. Cuando terminó, Alonso pasó un dedo pulgar por el metal pulido, satisfecho por su buen acabado. Miró el reloj de pulsera que marcaba las 1 menos diez de la madrugada. Con un profundo suspiro, cogió la Lista de Tiempo.                La sección D siempre la dejaba para el final, le resultaba bastante desagradable manipular ese tipo relojes. Alonso abrió un pequeño armario situado estratégicamente de manera que no tuviera que levantarse para llegar a él. Dentro, tan solo una caja negra de metal yacía tranquila en el segundo peldaño del armario.                 Alonso sacó un manojo de llaves de su bolsillo y, cansadamente, abrió la caja con una de ellas. En su interior, un cojín recubierto de tela protegía aquellos relojes ya programados de fábrica. Aquellos se destinaban a presos con fecha de caducidad, a personas cuyos actos eran pagados de la peor manera.                 Todos esos relojes llevaban incorporados una pequeña cámara de cristal. Esta albergaba un veneno que, mediante una aguja, se suministraba al preso en cada hora en punto hasta su muerte.                Alonso cogió uno de ellos con cuidado y, tras leer el primer nombre de la lista, comenzó a tallarlo en el reverso.                 Con un pequeño suspiro de tristeza volvió a mirar su reloj, uno cuadrado con una pequeña cámara de cristal. Eran casi las 1. De nuevo, la hora en punto le envolvería los huesos. De nuevo, sufriría por sus actos pasados.                Alonso cerró sus cansados ojos esperando aquel pequeño pinchazo de dolor. Por un momento pensó en lo que le seguiría, aquellas temibles contracciones en sus músculos y esa sensación de ahogamiento.                Después de 32 años, Alonso había tenido tiempo para imponerse en contra de su condena, para asumir los hechos, para comprender lo juzgado, para arrepentirse por lo sucedido y, por último, para tomar aquel  castigo como la única forma posible de enmendar su desviada vida pasada.