La lista de aquel día estaba
casi terminada, solo faltaban los tiempos en la sección D. Puesto que eran muy
pocos los que aparecían en esta parte, el trabajo estaba casi concluido y sin
ningún tipo de problema.
Alonso cogió el último reloj
destinado para la sección C. Estos relojes nunca podían volverse a usar, cada
reloj pertenecía a un único preso. Los relojes de la sección A, en cambio,
solían ser para personas que debían cumplir un plazo, ya sean multas, pagos de
hipotecas, entregas de proyectos... Inofensivos.
Una vez, Alonso vio en las
listas de la sección A a un vecino suyo que vivía a pocas manzanas de su casa.
Alonso, como dicta el procedimiento, tuvo que poner su nombre en el reverso del
reloj y programarlo para que sonara unos días después. Ese tiempo era el que
disponía el individuo para pagar su deuda, sino, la multa sería cobrada a base
de embargos en la cuenta. Este tipo de relojes se comercializaban bastante en
el mercado, puesto que son idóneos para trabajos ajustados a límites de
tiempos. Los de la sección B eran
ladrones, estafadores, violadores... Personas con faltas graves en la ley que
debían pasar un periodo largo de tiempo en la cárcel. En estos casos, los
relojes iban marcha atrás desde el día en que quedaban en libertad. Luego estaban los de la sección
C. Alonso odiaba ajustar estos relojes. Le resultaba realmente costoso hacerlo.
Estos podían sumar o restar tiempo a su dueño en función del comportamiento que
este mostraba durante su encarcelamiento. De esta forma, un preso podía salir
antes de la cárcel por una buena conducta, o quedarse permanentemente en ella.La
fabricación de estos relojes supuso una mejora de la organización en este
sector.
Alonso había sido toda su vida relojero y, tras crearse este cómodo procedimiento, pensó que sería una buena forma de ganar dinero fácil y constante. A la luz de su pequeña lámpara, Alonso comenzó a grabar el nombre de esa última persona de la sección C. Una tal Laura Veraz González, 36 años, condenada a tres años de cárcel por intento de homicidio. Cuando terminó, Alonso pasó un dedo pulgar por el metal pulido, satisfecho por su buen acabado. Miró el reloj de pulsera que marcaba las 1 menos diez de la madrugada. Con un profundo suspiro, cogió la Lista de Tiempo. La sección D siempre la dejaba para el final, le resultaba bastante desagradable manipular ese tipo relojes. Alonso abrió un pequeño armario situado estratégicamente de manera que no tuviera que levantarse para llegar a él. Dentro, tan solo una caja negra de metal yacía tranquila en el segundo peldaño del armario. Alonso sacó un manojo de llaves de su bolsillo y, cansadamente, abrió la caja con una de ellas. En su interior, un cojín recubierto de tela protegía aquellos relojes ya programados de fábrica. Aquellos se destinaban a presos con fecha de caducidad, a personas cuyos actos eran pagados de la peor manera. Todos esos relojes llevaban incorporados una pequeña cámara de cristal. Esta albergaba un veneno que, mediante una aguja, se suministraba al preso en cada hora en punto hasta su muerte. Alonso cogió uno de ellos con cuidado y, tras leer el primer nombre de la lista, comenzó a tallarlo en el reverso. Con un pequeño suspiro de tristeza volvió a mirar su reloj, uno cuadrado con una pequeña cámara de cristal. Eran casi las 1. De nuevo, la hora en punto le envolvería los huesos. De nuevo, sufriría por sus actos pasados. Alonso cerró sus cansados ojos esperando aquel pequeño pinchazo de dolor. Por un momento pensó en lo que le seguiría, aquellas temibles contracciones en sus músculos y esa sensación de ahogamiento. Después de 32 años, Alonso había tenido tiempo para imponerse en contra de su condena, para asumir los hechos, para comprender lo juzgado, para arrepentirse por lo sucedido y, por último, para tomar aquel castigo como la única forma posible de enmendar su desviada vida pasada.
Una vez, Alonso vio en las
listas de la sección A a un vecino suyo que vivía a pocas manzanas de su casa.
Alonso, como dicta el procedimiento, tuvo que poner su nombre en el reverso del
reloj y programarlo para que sonara unos días después. Ese tiempo era el que
disponía el individuo para pagar su deuda, sino, la multa sería cobrada a base
de embargos en la cuenta. Este tipo de relojes se comercializaban bastante en
el mercado, puesto que son idóneos para trabajos ajustados a límites de
tiempos. Los de la sección B eran
ladrones, estafadores, violadores... Personas con faltas graves en la ley que
debían pasar un periodo largo de tiempo en la cárcel. En estos casos, los
relojes iban marcha atrás desde el día en que quedaban en libertad. Luego estaban los de la sección
C. Alonso odiaba ajustar estos relojes. Le resultaba realmente costoso hacerlo.
Estos podían sumar o restar tiempo a su dueño en función del comportamiento que
este mostraba durante su encarcelamiento. De esta forma, un preso podía salir
antes de la cárcel por una buena conducta, o quedarse permanentemente en ella.La
fabricación de estos relojes supuso una mejora de la organización en este
sector.Alonso había sido toda su vida relojero y, tras crearse este cómodo procedimiento, pensó que sería una buena forma de ganar dinero fácil y constante. A la luz de su pequeña lámpara, Alonso comenzó a grabar el nombre de esa última persona de la sección C. Una tal Laura Veraz González, 36 años, condenada a tres años de cárcel por intento de homicidio. Cuando terminó, Alonso pasó un dedo pulgar por el metal pulido, satisfecho por su buen acabado. Miró el reloj de pulsera que marcaba las 1 menos diez de la madrugada. Con un profundo suspiro, cogió la Lista de Tiempo. La sección D siempre la dejaba para el final, le resultaba bastante desagradable manipular ese tipo relojes. Alonso abrió un pequeño armario situado estratégicamente de manera que no tuviera que levantarse para llegar a él. Dentro, tan solo una caja negra de metal yacía tranquila en el segundo peldaño del armario. Alonso sacó un manojo de llaves de su bolsillo y, cansadamente, abrió la caja con una de ellas. En su interior, un cojín recubierto de tela protegía aquellos relojes ya programados de fábrica. Aquellos se destinaban a presos con fecha de caducidad, a personas cuyos actos eran pagados de la peor manera. Todos esos relojes llevaban incorporados una pequeña cámara de cristal. Esta albergaba un veneno que, mediante una aguja, se suministraba al preso en cada hora en punto hasta su muerte. Alonso cogió uno de ellos con cuidado y, tras leer el primer nombre de la lista, comenzó a tallarlo en el reverso. Con un pequeño suspiro de tristeza volvió a mirar su reloj, uno cuadrado con una pequeña cámara de cristal. Eran casi las 1. De nuevo, la hora en punto le envolvería los huesos. De nuevo, sufriría por sus actos pasados. Alonso cerró sus cansados ojos esperando aquel pequeño pinchazo de dolor. Por un momento pensó en lo que le seguiría, aquellas temibles contracciones en sus músculos y esa sensación de ahogamiento. Después de 32 años, Alonso había tenido tiempo para imponerse en contra de su condena, para asumir los hechos, para comprender lo juzgado, para arrepentirse por lo sucedido y, por último, para tomar aquel castigo como la única forma posible de enmendar su desviada vida pasada.
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