La perfecta imperfección

lunes, 11 de marzo de 2013

Perdición


Ella, tan pequeña, andando por ese pasillo largo y oscuro. Al fondo, una luz blanca se filtra por los resquicios de una puerta negra comida por el paso del tiempo y la humedad. Se dirige muy lentamente hacia ella, siguiendo los ruidos que la llaman hacia su interior.

                Se siente desorientada. Sabía que había cruzado ese mismo pasillo en dirección contraria, huyendo de la realidad que existía tras esa puerta. Una realidad que acababa de comprender. 

                Mientras camina, piensa en la primera vez que la había visto, en aquel domingo de hacía varios meses atrás. Tendría más o menos la edad de Natha, aunque su suerte era mucho peor. Su virginidad sería subastada al mejor postor, y tras ser desojada, acabaría como una más en el burdel. Otra propiedad más. 

                Natha entrecerró los ojos. Recordó leer su nombre en las listas  y haberla destinado a la habitación del fondo, junto con un cliente habitual del burdel de unos cincuenta y tantos años.

                Nadina Rouberoska, así se llamaba la nueva joven. Había sido vendida por una cifra bastante aceptable. La recordó antes de entrar en la habitación, con el pánico reflejado en sus grisáceos ojos; y después de aquella primera vez, desnuda y encorvada a un lado intentando sobrellevar el dolor de la primera penetración.

                Desde entonces, la había observado desde lejos, sin mediar palabra, comparando ambas vidas. Viendo en cada noche cómo su tez clara iba cayendo cada vez más en una piel transparente y sin vida. Cómo su pelo, liso y brillante, se hacía quebradizo en cada nudo.

                Al pasar por una de las ventanas del largo pasillo, Natha recordó la vez en que Nadina tomó demasiadas drogas. No fue un descuido, Natha sabía que había sido un intento desesperado. Pero para su pesar, el plan no funcionó y, aquella noche que debiera haber sido la última, la derribó a un sin fin de horas sometidas a todo tipo de brutalidades.

                De pronto, Natha se paralizó por la proximidad de la puerta, a tan sólo unos centímetros de su mano. Oyó de nuevo el bullicio en su interior. Ruidos de teléfonos, habladurías entre personas, coches policiales que se cuelan por el ventanal de la escalera, llantos, pasos, cuchicheos... Todo alrededor del cuerpo inerte que reposa en el suelo, todos alrededor de un aro de amargura.

                Antes de abrir la puerta, Natha recordó ese último aliento humano. Su aliento. Recordó su largo pelo rubio acariciándola. Recordó sus ojos desorbitados pidiendo un auxilio que tan solo llegaría por ella misma. Y recordó sus manos, esas que se entrelazaron en su cuello para sortear el último obstáculo entre la salida y el burdel, entre la libertad y el sometimiento, entre los dos mundos tan dispares que había conocido en tan corta edad.

                No necesitaba abrir la puerta para saber qué ocurría en la habitación. Ya lo había visto minutos antes, sin creerlo verdad y sin comprender su alcance.

                 Ese cuerpo inerte era el suyo. Se había visto fuera de él, rodeada por policías y, en una frenética carrera entre su consciencia y su realidad, había salido huyendo atemorizada por aquella idea. Estaba muerta.

                Natha alzó la vista al frente y, con un gran intento por controlar sus emociones, abrió la puerta. Mientras aquella luz, ahora más cálida y acogedora la inundaba, se dispuso a volver a su cuerpo, a dormir un sueño eterno del que no debería haber despertado.

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