Aquel día me levanté como tantos otros con
media cara pegada a la almohada. No pensé en nada, solo en todo el largo día
que de nuevo quedaba por delante. Es triste despertarse sin pensar en la
cantidad de sueños que has tenido, o en la luz que penetra por la ventana.
Sencillamente, te despiertas. Otro día más.
Me puse boca arriba y miré al techo. Parecía distinto, más bajo quizás o más
amarillo. Aun cuando llevaba allí ya dos años viviendo, era la primera vez que
lo miraba realmente.
Reflexioné un poco en aquella idea que se
había plantado en mi cerebro y había brotado como un virus. A veces se iba, y
otras se instalaba en mis pensamientos con firmeza, sin dejar cabida a otra
forma de escape. Sabía que era egoísta por tener aquello en la cabeza, pero no
podía evitarlo.
Solo pensaba en el suicidio.
Cerré los ojos y los dejé así, descansando.
Posponiendo el tener que decir “Buenos días” a un día no tan bueno.
Me daba miedo la idea, por el dolor y por lo
que vendría después. No por mí, sino por ellos. Esa era la razón de que aún no
lo hubiera hecho. Y por el dolor a morir, repito, no saber qué se siente.
Muchos dicen que la muerte puede o no ser dolorosa. Pero claro, ninguno que
haya conseguido matarse está hoy aquí para contarlo y afirmarlo.
O no… Con las pastillas te quedas sopa, ves un
largo pasillo con una luz al fondo y tú te quedas con cara de gilipollas
mirándola. O eso dijo el primero, y los demás lo siguieron.
“Bienvenido al paraíso”, un cartel bien grande
para decir que tu asquerosa vida en la tierra ha valido la pena. Enhorabuena.
Quizás el Cielo se presente, por primera vez,
como un concurso en el cual has ganado el primer premio. Quizás te ves a un
Carlos Sobera con un par de alitas azules a juego con su corbata. Quizás lo
veas, incluso, soltando alguno de sus sarcasmos.
Aunque en mi caso, el Cielo queda muy lejos.
Yo debería ir a parar al Infierno, aquel mundo sobrenatural lleno de seres
increíblemente ardientes y cuya temperatura sobrepasa los 9999999999…º, cuyos
ojos brillantes se meten dentro de ti y te poseen, y cuyas manos hacen no sé
qué con también mucho fuego... Sí, allí
es a donde me dirigiría, dado que el suicidio es uno de los motivos por el cual
no vas al Cielo. Vamos, que hasta la Biblia está en contra de aquella famosa
frase que se les dice a los niños: “Lo importantes es participar”. No, lo
importante es ganar. En realidad, a ninguno de nosotros nos preguntan al nacer
si queremos vivir, directamente te ponen a jugar. Y luego, cuando ya te han
jodido lo suficiente, te sueltan que, si te rindes, vas a un sitio lleno de
fuego donde te calcinan los pies, las manos, la barriga…
Eso me
hace pensar en que la luz del pasillo que se supone que ves antes de morir, posiblemente
no sea tan maravillosa. Quizás al otro lado me espere Satán con un látigo lleno
de púas ardientes y un pequeño diablillo revoloteando cuan mariposa al viento.
Puede
ser, pero aquello sería suficiente para dar un giro de 360º a la monotonía de
mi vida. De nuevo el Satán con cuernos de toro apareció en mi cabeza. Me reí,
claro que me reí. Valla estampa, y yo ahí en mitad, mirándolo como un corderito
mientras el puñetero diablillo me pincha con su minúsculo tridente.
Toda mi familia es cristiana, pero hay que
admitir que la Santa Madre Iglesia y la Santísima Biblia tienen algunas
lagunillas que resolver.
Abrí los ojos. Aquella inmunda idea que se
había arraigado a mí como un tornillo, iba de nuevo tomando forma. Mis ojos
dieron vueltas de un lado de la habitación al otro. Las paredes eran verdes, de
un verde chillón que daña los ojos. Por un momento, eché las culpas de mi
profunda depresión a aquellas paredes tan molestas.
De nuevo volví a la anterior idea. Quizás me
estoy liando, o quizás te esté liando a ti, el que ahora mismo me está leyendo.
Repito. De nuevo volví a la anterior idea: El creciente rechazo hacia el dolor.
Bueno, el suicidio no tiene por qué ser doloroso…
Sin poderlo evitar, una pequeña chispa
apareció en mis ojos. Pero tan rápido como apareció, se esfumó. Luego estaba
esa otra parte… la familia.
La familia, cómo definirla. Allá voy. Es ese
ápice de tu vida que, cuando llegas a tenerla, trastoca el sentido y la
convencionalidad de todo lo que creías estable, y cuyas decisiones tomadas por
“democracia” siempre acaban en una
dictadura. Quizás es pasarse, posiblemente lo sea. Pero entiéndeme, son las
seis de la mañana, tengo que coger dos autobuses, caminar 25 minutos, y estar
trabajando 8 horas sin recibir ni siquiera paga extra por navidad. Y cuando
llegue a casa, o dulce hogar, tener al cónyuge con una cara de amargamiento que
le llega hasta la suela de los zapatos. Y si tienes chiquillos, agárrate los
machos, porque te espera una o dos horas diarias de peleas, broncas y
desplantes. Pero oye, sonríe, que esta es la vida que tú querías. Una familia
feliz.
Y sin
saber por qué, te ves pensando en por qué narices dejaste tu vida de soltería
insaciable, por un trabajo que no era ni mucho menos lo que esperabas y por una
esposa o un esposo que, aun cuando al principio estabais tan profundamente
enamorados como aquella pareja etérea de novela que luchaba y podía contra
viento y marea, está ahora tan amargado como tú, o más. Todavía la o lo amas,
pero ya no sabes qué hacer para alegrarla. Y esto te amarga aún más a ti.
Bien, pues ¿te cuento un secreto?
Tu cónyuge ve lo mismo en ti. Llegas del
trabajo con cara de “o Dios, por qué me
haces esto” o de “la felicidad es una leyenda urbana, jeje, en verdad son los
padres”, y él piensa lo mismo que tú. No sé qué hacer para alegrarte. Pues
bien, todo tiene que ver con los convencionalismos sociales. Es lo que todo
hombre o mujer debe hacer: “Tienes que echar cabeza” “Tienes que buscar
estabilidad” “Hay que madurar” “No te quejes que hay gente peor que tú”
“debemos dar gracias por lo que tenemos”…
La vida humana es la gran mentira del ser
humano. Con lo bien que estábamos hace millones de años cubiertos de pieles y
atizando una candela, sin pensar en llegar a fin de mes, sin tener que cagarte
en la cantidad de gente que vive de nuestro esfuerzo, sin tener que preocuparse
por esos dos insignificantes papeles escritos que representan más que diamante
en bruto, sin tener que hablar de política, sin tener que estudiar años y años
de carrera para acabar haciendo la cola del paro... y así podría tirarme la
misma cantidad de años.
Un día de estos me hago hippy, cojo a mi pareja
y nos fugamos de esta vida.
Que me gusta a mí soñar. Fugarse. Ojalá fuera
tan fácil… Es por eso que pienso en el suicidio, porque la persona que yo
pensaba que iba a ser se quedó sentada en su gran despacho de roble acompañada
de la sonriente familia de mis sueños, con un pañuelo blanco en la mano diciéndome
entre dientes, “Otro capullo que ha caído”.
Y de nuevo, vuelvo al suicidio. Sin darme
cuenta, las lágrimas se resbalan por mis ojos.
No recuerdo cuándo comenzó todo aquello. Esa
desazón que inunda mi pecho a la vez que a mis ojos. Quizás siempre ha estado
ahí -hay personas que son más sensibles y otras que son más fuertes-. No me
considero una persona débil, o eso quiero pensar. Pero sí debo de serlo, porque
cada vez más me rindo con mayor facilidad ante los problemas.
Reflexionando sobre la proporción de dureza
que albergan mis entrañas, topé con el otro lado de la cama. Era martes, lo que
suponía que estaba solo en casa. Hoy sería el día idóneo para hacerlo.
Entorné los ojos, ¿de verdad tendría valor
para hacerlo? ¿De verdad podría dejar de existir sin más? No es por ser pesado,
pero nunca me creí lo del Cielo y el Infierno. Pero, sencillamente ¿dejar de
existir? Vives y mueres. Y punto.
Por un momento me entró la curiosidad, y de
nuevo esa idea volvió. De pronto me levanté, y esa frase que alienta al más
mísero hombre sobre la tierra, que hace a los niños convertirse en héroes,
apareció en mis labios “¿A que no tienes lo que hay que tener para hacerlo?”
Bien, en realidad no dije “lo que hay que tener”. En realidad siempre se hace
una mención estúpida al miembro masculino. Y con esto hago una alabanza,
obviamente irónica, a todas esas frases hechas que aluden a este tipo de
palabras. Siempre las odié…
Me levanté de la cama y, delante del espejo,
escudriñé mi reflejo. Ese era yo. Una persona de lo más normal que no ha
llegado nunca a hacer nada relevante en su vida.
Un resoplido que salió del alma inundó el
silencio.
-Definitivamente no era lo que tenía en mente
hace 20 años- A modo de respuesta, mi barriga, un tanto cervecera, gruñó
haciéndome recordar que soy un mortal más sobre la Tierra.
Miré la fotografía colgada a un lado de la
pared. Allí estábamos los dos mirándonos como embelesados. Recordé ese día, sus
ojos de felicidad que me traspasaban, y su sonrisa. Hacía años que no la veía,
y la echaba de menos. Quizás también estaba al borde de la desesperación como
yo, quizás también buscaba un giro de 360º, quizás también pensaba en el
suicidio.
Una vez intenté hablarlo y pedirle ayuda, pero
¿cómo le dices a alguien que hace mucho que no eres feliz? ¿Cómo le dices que
te sientes solo? ¿Que ya no eres capaz de ver la balanza positiva? Y, por
último, ¿Cómo le dices que preferirías no haber nacido?
Si de verdad la amas, y si de verdad es este
el sentimiento que tienes, no eres capaz.
De nuevo, vuelvo a la fotografía. Tal vez sea
cierto que también piensa en suicidarse de vez en cuando, para terminar con
este bucle que se repite año tras año. Para dar ese giro que tanto deseo yo. Y como un hielo tropecé con un
nuevo concepto: Tampoco yo había conseguido hacerla feliz.
Aquella idea me sobrepasó.
Me senté en la cama y lloré. Nos queríamos
comer el mundo y acabamos como todos los demás, jodidos. Así me quedé un buen
rato, hasta que los ojos me escocían y la sensación de vacío se hacía más
grande. Creo que aquí, justo aquí, es cuando el hombre deja la cordura y se une
al centenar de locos que hay por el mundo. Y también, justo aquí, fue cuando
tomé la decisión de suicidarme.

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